Hace unos días confeccioné un ranking con una serie de libros sobre el haiku. Tomo prestada ahora una estupenda reseña sobre uno de estos libros. El corazón del haiku de Vicente Haya.


UNA MERA NADA INOLVIDABLEMENTE SIGNIFICATIVA

Este libro no es un manual para escribir haikus; eso sería casi imposible por lo que se desprende del texto. En esa escritura todo lo artificioso y mental están de más, y de ahí el fracaso de tantos poetas occidentales en sus intentos, el último, que yo recuerde, el de Mario Benedetti. Pero hubo otros mucho más acertados. El maestro J. José Tablada, mexicano, y sus paisanos José Rubén Romero u Octavio Paz, pero también Enrique Díaz Canedo, Ernestina de Champourcín, Antonio Machado, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda y Emilio Prados se atrevieron con resultados en muchos casos excelentes. Hubo poetas ingleses y franceses, y ahora mismo hay una exquisita comunidad que adora el haiku y navega por las redes para aclararnos cualquier cosa que deseemos saber. Uno de los especialistas es el autor de este libro, resultado de su tesis doctoral, una verdadera autoridad en el tema: Vicente Haya Segovia.

Para entender el haiku el autor propone averiguar antes el significado de lo sagrado en la mente tradicional japonesa. Lo sagrado no se explica, se percibe, se atrapa. Lo grandioso del haiku está en que es un instrumento que captará tanto más de la realidad cuanto más contenga de lo sagrado que late en la misma realidad. Llegando a la esencia misma de la poesía, el poeta sabe que nunca podrá plasmar esa profundidad que se abisma. Silencio y emoción se contraponen a palabra y concepto. La relevancia de los dos primeros toma cuerpo en el haiku.

Complejo en su sencillez, es una estrofa de 5-7-5 sílabas japonesas, sin rima, un total de 17 sílabas que prescinde de la puntuación y las mayúsculas y debe contener KIGO, la palabra de referencia a la estación del año en que tiene lugar el poema. Pero eso no es suficiente. Uno de sus estudiosos dijo que era "una mera nada inolvidablemente significativa", o bien "una impresión natural que se hace poesía y no tiene por qué tener un sentido profundo". Explicado de una manera más comprensible sería todo aquello de lo que puede hacerse una fotografía. El propio Andrei Tarkovski dijo: "Con sólo tres puntos de observación, los poetas japoneses fueron capaces de expresar su relación con la realidad. No la observaron simplemente, sino que sin prisas y sin vanidades buscaron su sentido eterno." Sin embargo, hay algo importante que puede parecernos extraño, y es que el yo, lo que llamamos autoría, no es nada significativa. Se trata de la visión del mundo de un pueblo y no de unos intelectuales, y por lo tanto está integrada en la sensibilidad colectiva. Otra particularidad es que no hay plagio en imitar los haikus célebres, porque no son de nadie. Curiosidades de este tipo hacen que esta manera de componer nos lo ponga bien difícil.

Nosotros solemos mirarnos el ombligo para refrendar lo particular estampando la firma (la larga sombra del ego). Desde luego no es éste –al menos el haiku verdadero– género para los seres vanidosos,.

Ahora veamos la clasificación que nos propone Vicente Haya: de tono intimista, feísta, para ser pensado, descriptivo, erótico, cómico, de lo sagrado... claro que también hay muchos de difícil clasificación. Pero ahora sepamos también el origen. Hay una definición en este ensayo, relacionada con la autoría del haiku, que me gusta mucho: los versos casi siempre salen de un "poeta accidental", y, por supuesto, tienen más posibilidad de capturar lo sagrado justamente porque, mientras menos fuerza tenga la individualidad, mayor acceso tendrá eso que se grita dentro del corazón. Aun así, claro que hay maestros. El primero fue Onitsura (1660-1738), que a juicio de los entendidos compuso el primero. Bashô (1644-1694) fue el creador que dio al haiku su verdadera dignidad, otorgándole profundidad y dimensión trascendente:

Montaña fría
En lo profundo de mi alma
la luna se refleja en el agua.

Otros fueron: Buzón (1715-1783), Taigi (1709-1771), Ryôkan (1758-1831), Issa (1761-1827), Shiki (1867-1902) y Santôka (1882-1940).

El objetivo del autor es poner de manifiesto la dimensión espiritual del haiku frente a los que la niegan, y cuestionar a los que defienden para el mismo una espiritualidad de tipo zen. Vicente Haya reivindica para el género su auténtica esencia japonesa, que deriva de esa expresión de lo sagrado. Desde luego, todas las explicaciones que intentan aproximarnos a lo sagrado están elegidas con muy buen tino, concepto de difícil expresión escrita, relacionado con lo religioso –y, sin embargo, no es eso– y con lo estético, pero tampoco lo es. Lo sagrado, como la luz, sólo se puede percibir, y para ello se deben tener los sentidos muy afinados.

"Todo lo que ha ido despertando la Naturaleza al japonés en alguna de sus épocas llega al haiku; el pavor primitivo por lo terrible y la fascinación por lo extraordinariamente bello, la perplejidad de lo misterioso y el anonadamiento ante lo físicamente enorme, la religiosa impresión por lo que se mueve y la concepción del mundo como pura hierofanía." Subraya el autor que antes de la introducción del budismo en Japón ya había una corriente poética de la que bebe el haiku: Manyo-shu es su nombre., la «colección de las diez mil hojas», la más antigua antología poética imperial japonesa:

Cuando te esperaba
Sufriendo de amor
En mi morada,
Movió las persianas
El viento de otoño.

Veamos ahora un haiku posterior a esta composición, del maestro Ransetu (siglo xviii):

El viento de otoño
Mueve la persiana de bambú
Y mi corazón.

Me ha parecido muy curioso el descubrimiento de estas sensaciones nacidas de una leve impresión que acaba colándose por el sentimiento y transmite algo de lo bello con el instante más fugaz. Se comprende que la percepción del presente está relacionada también con lo real que puede no acontecer. Es tan sutil y tan fugaz que sólo nos queda un polen de frase, porque el haiku no es comprensión de ninguna verdad (por otra parte, una se puede preguntar qué es exactamente la verdad). Es simplemente percepción pura de los sentidos, pero fugaz, insinuante, arrebatadora en algunos casos. Veamos qué hermoso es este haiku y cuánto recoge hoy la poesía contemporánea. ¿Lo habíamos leído los poetas que miramos lo urbano como una realidad también poética?:

Termina un día de primavera
El crepúsculo está suspendido
En un charco de agua.

Recomiendo la lectura de este libro –que, por cierto también es un objeto bello: la editorial Mandala cuida sus ediciones con esmero artesanal–; lo recomiendo porque puede hacerte regresar a un lugar donde habías estado sin saberlo. No sé si me explico. Se trata de ser consciente de que cualquier acto, gesto, visión, experiencia a la que no otorgamos una cualidad trascendente, se imponga con delicadeza en nuestro ser, porque quizá, demasiado sumergidos en el yo, como decía al principio, no podemos percibir el chasquido del viento ni el matiz del paisaje mismo que tenemos tras la ventana cada instante que pasa. El haiku hace que la fotografía emerja sola. Sin nadie dentro. Y me permití escribir uno mientras leía este libro en un tren que se dirigía de Barcelona a Vitoria una hermosa tarde de enero ya clavada en mi memoria gracias a la ventanilla y a la conciencia de que lo que miraba era mero devenir transmutado en naturaleza.:

La lejanía cerca
Pasa desapercibida
A través del cristal.

© de la reseña y el último haiku: Concha García.

Tomado de http://www.barcelonareview.com/35/s_resen.htm

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